Mahler y su enmudeciente respuesta a la muerte (Crítica musical)
El concierto no solo celebra a Mahler, sino que reivindica la madurez artística alcanzada por la música sinfónica dominicana. No fue solo el cierre más adecuado para una temporada sinfónica de entregas inolvidables

SANTO DOMINGO. El genio musical de Gustav Mahler se tomó su tiempo para responder, con una obra perenne, a las interrogantes:
¿qué hay después de la muerte?
¿Es que el final de la vida pesa sobre todos, por tocarnos invariablemente, por ser final, por representar el término de todo?
¿La muerte es un eje que nos hunde sus espinas y sus flores en la piel sensible de cada quien?
Mahler fue especialmente sensible frente a estas preguntas y se las tomó tan en serio que dedicó un total de años de su creatividad a componer su respuesta entre 1888 y 1894, nota a nota, con esta obra que, luego, tantos años después de haber sido creada, todavía nos encandila y nos deja en éxtasis.
Lo que se ofertaba para cerrar la temporada era la Sinfonía n.º 2 en do menor, Resurrección, de Gustav Mahler. Director: Maestro José Antonio Molina. Soprano: Nathalie Peña-Comas (República Dominicana). Mezzosoprano: Joyce DiDonato (Estados Unidos). Los coros reunieron a más de 100 voces provenientes del Coro Nacional Dominicano, el Coro Juvenil de Santo Domingo y el Coro de Cámara de la Fundación Fiesta Clásica.

El concierto, sin intermedio, deja claro el reconocimiento de la capacidad interpretativa de la música sinfónica dominicana para abordar repertorios universales de máxima exigencia.
Y además fue una manera definitiva y lúdica de celebrar dos aniversarios: los 85 años de la Orquesta Sinfónica Nacional y los 40 años de la Fundación Sinfonía.
Es deber resaltar el desempeño de las solistas, Joyce DiDonato y Nathalie Peña-Comas, por sus interpretaciones y por la sensibilidad vocal aportada a esta gran obra, que nos emocionó como solo puede hacerlo el arte comprometido con la estética más impecable.
La multipremiada estrella estadounidense de la ópera deslumbró con su interpretación del cuarto movimiento, Urlicht («Luz primigenia»). La crítica alabó la profunda espiritualidad, el control vocal absoluto y la intimidad desgarradora con que abordó su intervención, calificada como el centro místico de la velada.

Mientras que la soprano dominicana aceptó el reto de una obra de grandes exigencias vocales, logrando la pureza, la armonía, la vocalización y una penetrante proyección de su voz para danzar auditivamente con la masa orquestal y coral.
Imperioso es reconocer el empeño de la Fundación Sinfonía y de sus copresidentas, Marisol Rodríguez Copello y Margarita Miranda de Mitrov, quienes se desviven por programar y producir los mejores conceptos como oferta artística. Es la misión vital que se han autoimpuesto.
Comentar un suceso como el que ha representado el cierre de la temporada sinfónica 2026 comporta una responsabilidad que excede la descripción y evaluación de los ejecutantes: desde la batuta maestra, los instrumentos y la interpretación vocal, tanto individual como colectiva.
Se trata de resaltar la elevación del país al nivel de las naciones de otras latitudes que cuentan con prestigiosas orquestas sinfónicas. No hay distancia. No hay diferencias. Estamos en este plano, igualados al nivel del mundo.
Sobrado de razón, Guillermo Molina Mueses, en El Impreso Digital.com, reflexiona:
«Mahler conoció la muerte desde muy temprano. Creció en una familia marcada por la pérdida de numerosos hermanos y, años después, sufrió también la muerte de sus padres y de su hermana Leopoldine. No resulta difícil comprender por qué la mortalidad ocupó un lugar tan importante en su pensamiento y en su música. ¿Qué sentido tiene la vida si inevitablemente termina? ¿Para qué amamos, construimos, sufrimos y recordamos?» (1).
A lo que se acudió fue a disfrutar de los altos y formidables talentos de la música y del canto individual y coral. Con esta entrega, sus protagonistas acaban de ofrecer una de las expresiones artísticas más significativas y formidables, consagrando la música como expresión esencial e inmanente.
No es la primera vez que la Sinfonía Resurrección, de Mahler, se interpreta en este mismo escenario. Ya se había presentado en 2019, bajo la misma dirección de José Antonio Molina. Pero la música de este nivel es distinta cada vez que se interpreta.

Un público bueno y no tan bueno
La mayor parte de la platea tuvo un comportamiento ejemplar: expectante, respetuoso y silencioso. Sin embargo, hay que insistir, mediante las formas que se consideren adecuadas, en educar más al público cuando se trata de actos de solemnidad musical impecable, para que se concentre, escuche y esté a la altura de lo que emana del escenario. Hay quienes no se ubican en la trascendencia del acto.
Con las boletas agotadas desde semanas antes de la presentación, la sala lució a máxima capacidad y contó entre los asistentes de honor con figuras de la trascendencia artística de Juan Luis Guerra.
Las reseñas del día posterior describieron a un público cautivado y conmovido por la inmersión total en el denso, pero irresistible, universo sonoro de Mahler.

La grandeza de Mahler
En tanto compositor y director de orquesta, considerado una de las figuras fundamentales de la transición entre el romanticismo musical y la modernidad del siglo XX, Gustav Mahler permanece porque su música no envejece con las épocas: habla de sentimientos, angustias, interrogantes y esperanzas que pertenecen a todas las generaciones.
Es autor de nueve sinfonías completas y dejó una décima sin terminar. También escribió importantes ciclos de canciones, entre ellos Kindertotenlieder (Canciones a la muerte de los niños).
Mahler fue un compositor que se adelantó a su tiempo. Durante buena parte de su vida encontró incomprensión y resistencia ante sus composiciones. Su reconocimiento como uno de los grandes renovadores de la música sinfónica creció considerablemente después de su muerte.
Mahler nació el 7 de julio de 1860 en Kaliště, Bohemia, entonces parte del Imperio austríaco (actual República Checa), y dejó esta existencia el 18 de mayo de 1911, en Viena, Austria.
Estudió en el Conservatorio de Viena desde 1875. También recibió formación en historia y filosofía en la Universidad de Viena. Fue compositor, pianista y director de orquesta. Se casó en 1902 con Alma Schindler, compositora y artista, con quien tuvo dos hijas.
Dirigió la Ópera de la Corte de Viena entre 1897 y 1907. Posteriormente, trabajó en Nueva York, donde dirigió la Metropolitan Opera y la Filarmónica de Nueva York.

Un gran final
La concluida temporada sinfónica ha sido un éxito como espectáculo musical concebido y producido por la Fundación Sinfonía, y ejecutado por estos 90 instrumentistas maravillosos de la Orquesta Sinfónica Nacional, bajo la dirección y con la pasión de un maestro que, como José Antonio Molina, respira música, razón de ser de sus desvelos, de sus intensidades y de cada uno de sus empeños y ensayos, ya sea en la soledad de sus espacios cotidianos o en su estudio.
ENLACES
(1) https://www.elimpresodigital.com/articulos/la-pistola-de-chejov-y-la-resurreccion-de-mahler
(2) https://acento.com.do/cultura/una-noche-para-la-historia-9784559.html
(3) Enlaces adicionales:
Carmen Rita Malagón, Diario Libre: https://www.diariolibre.com/revista/musica/2026/11/02/mahler-y-su-sinfonia-resurreccion-llegan-al-teatro-nacional/3708449
De redes sociales: https://www.instagram.com/reels/DfR-66YxSmN/

