Pensando en grande: ¿Pueden las cooperativas transformar la sociedad global y la dominicana? (Opinón)

El cooperativismo ofrece una alternativa: organizar a las personas para que puedan participar en la propiedad, la administración y los beneficios de una actividad económica. La trayectoria del sector demuestra que es posible crear empresas sostenibles que incorporen a personas con menores oportunidades económicas

PUNTA CANA. Durante muchos años se ha planteado la característica socialmente transformadora del cooperativismo, tanto a nivel nacional como internacional, para cambiar la sociedad. Lo han planteado algunos Papas, estadistas y dirigentes globales del cooperativismo… ¿Pero la meta es posible?

La transformación social mediante el cooperativismo no es una aspiración reciente ni una interpretación aislada de sus dirigentes.

A propósito de los congresos del Cooperativismo Dominicano e Internacional de CONACOOP en Punta Cana, vale la pena preguntarse si en realidad este movimiento, nacido en 1844, cuando se crea en Rochdale, Inglaterra, la Sociedad Equitativa de los Pioneros de Rochdale (Rochdale Equitable Pioneers Society), una exitosa cooperativa de consumo, tiene esa capacidad.

Mientras que, en el país, el cooperativismo se funda el 13 de octubre de 1946 en la comunidad de Manoguayabo, impulsado por los sacerdotes canadienses de la Orden de los Misioneros de Scarboro, específicamente el reverendo padre Alfonso Chafe (considerado el ideólogo del movimiento), con el respaldo de monseñor Ricardo Pittini y el sacerdote Pablo Steele (John Harvey Steele), reconocido como el padre del cooperativismo dominicano.

El cooperativismo no ha eliminado la pobreza ni puede resolver por sí solo las desigualdades estructurales y tampoco todas las cooperativas cumplen con igual intensidad su compromiso comunitario.

Sin embargo, su trayectoria demuestra que es posible crear empresas sostenibles que incorporen a personas con menores oportunidades económicas. Ha sido defendido por personalidades de alcance mundial y por representantes del movimiento dominicano.

António Guterres, secretario general de la ONU, el 25 de noviembre de 2024, ante la Conferencia Mundial de la Alianza Cooperativa Internacional celebrada en Nueva Delhi, expresó: «Las cooperativas demuestran la importancia de unirse para encontrar soluciones a los desafíos globales».

Gilbert F. Houngbo, director general de la Organización Internacional del Trabajo, participó en el lanzamiento del Año Internacional de las Cooperativas 2025 el 25 de noviembre de 2024 y destacó el papel fundamental de las cooperativas en la promoción del desarrollo inclusivo y sostenible, debido a que no solo organizan capital, sino que pueden generar empleo digno, fortalecer comunidades y ampliar las oportunidades económicas.

Narendra Modi, primer ministro de la India, el 25 de noviembre de 2024, durante el lanzamiento del Año Internacional de las Cooperativas, defendió la cooperación como una dimensión fundamental de la cultura y del desarrollo económico, debido a que el sector concibe el crecimiento desde una perspectiva centrada en las personas.

El presidente de la Alianza Cooperativa Internacional, el doctor Ariel Guarco, ha defendido reiteradamente la capacidad del movimiento para construir una sociedad más solidaria, inclusiva y justa, expresando su convicción de que juntos están construyendo un mundo mejor.

El presidente de Cooperativas de las Américas, José Alves de Souza Neto, dijo durante la presentación de la agenda regional del Año Internacional de las Cooperativas 2025, en Punta del Este, Uruguay: «La unión de personas, organizaciones y países guiados por valores y principios tiene el poder de transformar el mundo».

En el ámbito dominicano, el profesor Julito Fulcar Encarnación, en la Expo Coop 2018, cuando presidía el Consejo Nacional de Cooperativas, afirmó que el evento había demostrado que el cooperativismo era «una fuerza de transformación social irreversible».

Eufracia Gómez Morillo, presidenta del Consejo Nacional de Cooperativas (CONACOOP), en declaraciones del 2 de julio de 2022 y 26 de octubre de 2023, sostuvo: «Los valores y principios del sector tienen la fuerza transformadora del cambio social», defendiendo la capacidad del cooperativismo para estimular a los emprendedores y contribuir al desarrollo económico y social.

Narciso Rafael Vargas, presidente de Cooperativa La Altagracia, el 2 de julio de 2022 sostuvo que el cooperativismo es «la expresión más acabada y efectiva de una revolución social sin precedentes».

Yanio Concepción, presidente ejecutivo de la Cooperativa Vega Real, el 2 de julio de 2022 afirmó: «El cooperativismo ha demostrado un poder revolucionario y de integración social», y destacó el protagonismo de las personas, su capacidad de organización y el compromiso ambiental, citando la defensa de Loma Miranda como ejemplo de participación cooperativa en asuntos de interés nacional.

Luis Abinader, presidente de la República Dominicana, el 27 de abril de 2025, durante una sesión especial de la Junta Directiva de la Alianza Cooperativa Internacional celebrada en Punta Cana, afirmó que las cooperativas crean empleos y valor social mediante la ayuda mutua y la responsabilidad social, identificándolas como «el instrumento más apropiado para la transformación social».

Es larga la relación de figuras que lo han planteado, y el tema toma vigencia con los congresos XIII Nacional y XI Internacional que ha convocado el Consejo Nacional de Cooperativas en un hotel de este renombrado polo turístico, el Bávaro Palace.

Los eventos cuentan con un amplio programa de exposiciones a cargo de ponentes de India, Colombia, Puerto Rico y la República Dominicana, orientados a la meta de dominar la transformación digital que recorre el mundo, manteniendo la identidad del sector y favoreciendo el desarrollo de las comunidades.

El cooperativismo, al menos en papel, tiene condiciones históricas, sociales, económicas y organizativas para convertirse en uno de los principales instrumentos de transformación de la sociedad global durante el siglo XXI.

La fortaleza social del sector no reside únicamente en la cantidad de personas que agrupa ni en los recursos financieros que administra, sino en una característica que lo diferencia de otros modelos empresariales: coloca a las personas en el centro de la actividad económica y reconoce que el desarrollo debe producir beneficios colectivos. Pero no es sencillo.

Sin embargo, esa posibilidad no se materializará automáticamente. Requiere que el movimiento cooperativo asuma la transformación digital, fortalezca su gobernanza, amplíe su capacidad financiera, modernice sus estructuras administrativas y preserve los principios que le dieron origen.

La gran interrogante es si podrá avanzar tecnológicamente sin renunciar a su identidad solidaria y si conseguirá convertir su considerable presencia social en una influencia efectiva sobre el rumbo de la economía mundial.

Cuando se habla de transformar la sociedad global, generalmente se piensa en los gobiernos, las grandes corporaciones, los organismos multilaterales, las instituciones financieras y las organizaciones políticas.

Sin embargo, existe una estructura económica y social que, aunque no siempre recibe la atención que merece, tiene presencia en prácticamente todos los continentes, agrupa a una proporción extraordinaria de la población y administra actividades productivas, financieras y comerciales de enorme importancia: el cooperativismo.

Las cifras permiten comprender su dimensión. La Alianza Cooperativa Internacional (ACI) estima que existen alrededor de tres millones de cooperativas en el mundo, que representan a más de 1,000 millones de asociados.

Esto significa que, al menos, el 12 % de la humanidad participa en alguna de estas organizaciones. El movimiento proporciona empleos u oportunidades de trabajo a unos 280 millones de personas, equivalentes al 10 % de la población mundial ocupada.

No estamos, por tanto, ante una experiencia económica marginal ni ante una modalidad empresarial reservada a pequeños grupos comunitarios, porque se trata de una fuerza económica internacional con capacidad de intervenir en la agricultura, la producción industrial, los servicios financieros, la salud, la educación, la vivienda, los seguros, el consumo, la energía y numerosas actividades esenciales para el funcionamiento de las sociedades.

Otro indicador internacional particularmente revelador: las 300 cooperativas y mutuales de mayor dimensión registraron, según el World Cooperative Monitor 2025, una facturación conjunta de 2.79 billones de dólares. Esta magnitud demuestra que la empresa cooperativa puede competir en escenarios económicos complejos, administrar grandes volúmenes de recursos y desarrollar estructuras empresariales de alcance internacional sin tener que renunciar necesariamente a su naturaleza asociativa.

La pregunta, entonces, no es si el cooperativismo tiene dimensión suficiente para influir en la sociedad mundial: la tiene. La pregunta verdaderamente importante es si está dispuesto a convertir esa dimensión en capacidad organizada de transformación.

El año 2025, declarado por las Naciones Unidas como Año Internacional de las Cooperativas bajo el lema Las cooperativas construyen un mundo mejor, constituyó un reconocimiento de esa posibilidad. La ONU destacó la contribución del modelo cooperativo al desarrollo sostenible y al cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible para 2030.

Este reconocimiento internacional debe interpretarse como una invitación a pasar de la visibilidad institucional a una participación más activa en la solución de los grandes problemas de nuestro tiempo.

La principal diferencia del cooperativismo frente a otros modelos empresariales no consiste exclusivamente en su estructura de propiedad. Su singularidad está en la filosofía que orienta sus decisiones.

La Alianza Cooperativa Internacional define la cooperativa como una asociación autónoma de personas que se unen voluntariamente para satisfacer necesidades y aspiraciones económicas, sociales y culturales comunes mediante una empresa de propiedad conjunta y control democrático.

Esta definición contiene una concepción diferente del desarrollo: la economía debe estar al servicio de las personas y no las personas subordinadas exclusivamente a la rentabilidad del capital.

Sus siete principios —adhesión voluntaria y abierta; control democrático de los miembros; participación económica de los socios; autonomía e independencia; educación, formación e información; cooperación entre cooperativas, e interés por la comunidad— constituyen una plataforma ética y organizativa que puede contribuir a corregir algunas de las desigualdades más persistentes de la sociedad contemporánea.

En un mundo donde la concentración de la riqueza, la desigualdad de oportunidades y la exclusión financiera siguen siendo problemas estructurales, el cooperativismo ofrece una alternativa: organizar a las personas para que puedan participar en la propiedad, la administración y los beneficios de una actividad económica.

Su principio democrático resulta especialmente significativo. En una cooperativa, el derecho a participar en las decisiones no depende del volumen de capital aportado. La persona asociada tiene una condición que no puede ser sustituida por su capacidad económica: es miembro de una comunidad empresarial que comparte responsabilidades y objetivos.

Este modelo tiene consecuencias sociales profundas. Permite que pequeños productores agrícolas se organicen para comercializar sus cosechas; que trabajadores puedan acceder colectivamente a servicios financieros; que comunidades construyan soluciones de vivienda; que familias dispongan de mecanismos de ahorro y crédito, y que sectores tradicionalmente excluidos encuentren oportunidades para incorporarse a la actividad económica.

La solidaridad, en este contexto, deja de ser una declaración moral y se convierte en una práctica económica organizada.

Pero hay una condición indispensable: los principios no pueden permanecer en los estatutos como referencias ceremoniales. Deben expresarse en la calidad de los servicios, la transparencia de las operaciones, la distribución de los beneficios, la participación de los socios y la responsabilidad de los dirigentes.

Una cooperativa que crece financieramente, pero debilita la participación democrática, se distancia de su identidad. Una organización que acumula recursos sin reinvertirlos en sus asociados y comunidades pierde parte de su razón de ser.

Una de las contribuciones más importantes del cooperativismo ha sido su capacidad para incorporar a personas que el sistema económico tradicional no siempre considera sujetos prioritarios de inversión.

Campesinos, pequeños comerciantes, mujeres emprendedoras, trabajadores informales, comunidades rurales, familias de ingresos modestos y grupos con limitado acceso al crédito han encontrado en las cooperativas oportunidades para organizar sus recursos y mejorar sus condiciones de vida. Esta experiencia representa un patrimonio social que no debe subestimarse.

La diferencia está en que el asociado no es solamente un cliente: es copropietario, participante y beneficiario potencial de los resultados de la organización.

Esta condición favorece la construcción de capital social: confianza, colaboración, educación financiera, participación ciudadana y capacidad de resolver problemas comunes.

La inclusión, además, no debe limitarse a facilitar préstamos. Supone ofrecer formación, acompañamiento técnico, acceso a mercados, oportunidades para las mujeres y los jóvenes, protección de los adultos mayores y mecanismos que permitan a los pequeños productores mejorar su productividad.

El cooperativismo puede convertirse así en una plataforma para democratizar las oportunidades, especialmente en territorios donde la presencia de las instituciones financieras y los servicios públicos es limitada.

La revolución digital

La transformación tecnológica plantea al cooperativismo una de las pruebas más importantes de su historia. La inteligencia artificial, la automatización, la banca digital, las plataformas de comercio electrónico, los sistemas de pagos electrónicos, el análisis de datos y la ciberseguridad están modificando las relaciones económicas a una velocidad que obliga a todas las empresas a revisar sus estructuras. Las cooperativas no pueden permanecer al margen de esta transformación.

Su capacidad de adaptación dependerá, en buena medida, de que comprendan que la tecnología no constituye solamente una inversión en equipos y programas informáticos. Es una transformación de la cultura organizacional, de los mecanismos de administración y de la relación con los asociados.

Una cooperativa que permita a sus miembros consultar sus cuentas, solicitar servicios, realizar transacciones, recibir información y participar en determinados procesos desde un teléfono móvil estará ampliando sus posibilidades de servicio. Pero una cooperativa que incorpore inteligencia artificial para mejorar sus análisis de riesgos, prevenir fraudes, detectar necesidades de sus asociados y optimizar sus operaciones estará dando un paso adicional hacia una gestión más eficiente.

El desafío financiero consiste en encontrar los recursos para realizar esas inversiones sin comprometer la estabilidad institucional ni trasladar costos desproporcionados a los asociados.

Para lograrlo, será necesario desarrollar alianzas tecnológicas, compartir plataformas entre cooperativas, establecer centros de servicios comunes y crear mecanismos de financiamiento destinados a la innovación.

La cooperación entre cooperativas, sexto principio del movimiento, adquiere aquí una importancia extraordinaria: ninguna organización tiene que resolver individualmente todos los costos y dificultades de la transformación digital.

También debe atenderse la brecha tecnológica. Los adultos mayores, las personas con discapacidad, los habitantes de comunidades rurales y quienes tienen menores niveles de alfabetización digital necesitan acompañamiento para aprovechar las nuevas herramientas. La digitalización no puede convertirse en una nueva forma de exclusión.

Existe, además, un riesgo que debe ser considerado: que las cooperativas adopten tecnologías sin desarrollar las capacidades humanas necesarias para administrarlas. La educación digital de los asociados, empleados, gerentes y dirigentes debe avanzar al mismo ritmo que las inversiones tecnológicas.

La inteligencia artificial puede ayudar a administrar una cooperativa, pero no puede sustituir su compromiso ético, la responsabilidad de sus órganos de dirección ni la voluntad democrática de sus miembros.

El futuro exige cooperativas tecnológicamente competitivas, financieramente sostenibles y socialmente responsables.

El caso RD

La República Dominicana representa un escenario particularmente interesante para examinar esta posibilidad transformadora.

El cooperativismo dominicano ha desarrollado una presencia que trasciende el ahorro y el crédito. Está presente en la agricultura, el consumo, la producción, los servicios, la educación, la vivienda y numerosas iniciativas comunitarias.

Los datos del Censo Nacional de Cooperativas 2025, divulgado por el Instituto de Desarrollo y Crédito Cooperativo (IDECOOP), identifican 2,529 cooperativas registradas, de las cuales 1,558 aparecen como activas. Dentro del universo censado figuran 700 cooperativas agropecuarias.

Estas cifras permiten apreciar tanto la amplitud del movimiento como la necesidad de fortalecer la formalización, la supervisión y la actividad efectiva de las organizaciones registradas.

Otro indicador permite observar su capacidad financiera. La Federación Nacional de Cooperativas (FENCOOP) publica información correspondiente a veinte cooperativas afiliadas que, al 31 de diciembre de 2025, reportaban activos conjuntos superiores a RD$209,809 millones y 1,534,097 asociados. Es importante precisar que estas cifras corresponden a las entidades incluidas en ese registro federativo y no representan necesariamente la totalidad del sector dominicano.

La dimensión de estas organizaciones confirma que el cooperativismo nacional ha superado ampliamente la etapa de pequeñas asociaciones de ahorro comunitario. Existen entidades con capacidad de administrar importantes patrimonios, financiar actividades productivas, ofrecer servicios a cientos de miles de personas y desarrollar programas de responsabilidad social.

Organizaciones como COOPNAMA, CoopMaimón, Cooperativa San José, Cooperativa La Altagracia, CoopAspire, CoopCentral y CoopManoguayabo, entre otras, ilustran la diversidad y extensión del movimiento. Sus experiencias demuestran que las cooperativas pueden contribuir a financiar la educación, facilitar el acceso a servicios, respaldar iniciativas productivas, estimular el ahorro familiar y apoyar a comunidades que necesitan oportunidades de desarrollo.

El caso de COOPNAMA, vinculada históricamente al magisterio nacional, permite apreciar la relación entre organización económica y promoción educativa. Sus programas de becas y servicios a los docentes muestran cómo una estructura asociativa puede convertirse en instrumento de movilidad social.

En el ámbito agropecuario, las cooperativas tienen una responsabilidad estratégica: organizar a los pequeños productores, mejorar su capacidad de negociación, facilitar el acceso a tecnologías agrícolas y contribuir a la seguridad alimentaria. En un país donde la producción rural enfrenta desafíos de comercialización, financiamiento y adaptación climática, su papel puede adquirir mayor relevancia.

En materia de inclusión financiera, las cooperativas también tienen la posibilidad de atender a trabajadores independientes, pequeños comerciantes y familias que necesitan alternativas accesibles para ahorrar, financiar sus actividades y organizar sus economías.

Pero el tamaño del sector trae consigo una responsabilidad proporcional. El crecimiento patrimonial debe estar acompañado de transparencia, controles internos, supervisión eficaz, formación de dirigentes y rendición de cuentas.

La modernización del IDECOOP, incluyendo sus iniciativas de actualización estadística y supervisión mediante sistemas de alerta temprana, constituye un componente importante de ese proceso institucional.

La incidencia nacional del cooperativismo no debe medirse exclusivamente por sus activos o por la cantidad de asociados; también debe evaluarse por su contribución a reducir desigualdades, generar empleos, fortalecer comunidades y mejorar la calidad de vida.

Fuerza económica   y capacidad de transformar sociedad

El movimiento cooperativo dominicano enfrenta ahora una oportunidad histórica: pasar de ser un conjunto de organizaciones económicamente importantes a constituirse en un actor articulado del desarrollo nacional. Para conseguirlo necesita avanzar en cinco direcciones:

Primero, impulsar una transformación digital compartida que permita reducir costos y facilitar el acceso de las cooperativas pequeñas a tecnologías modernas.

Segundo, fortalecer la educación cooperativa y financiera, incorporando a jóvenes, mujeres y nuevos liderazgos en los procesos de dirección.

Tercero, ampliar la cooperación interinstitucional, creando alianzas para financiar proyectos productivos, desarrollar innovación y mejorar la comercialización.

Cuarto, profundizar la responsabilidad social y ambiental, vinculando los excedentes y las capacidades institucionales con programas sostenibles de educación, salud, protección ambiental y desarrollo comunitario.

Quinto, construir una representación nacional capaz de participar con propuestas en las discusiones sobre políticas públicas, legislación económica, inclusión financiera y transformación tecnológica.

El movimiento dominicano tiene, además, la posibilidad de proyectar sus experiencias hacia el escenario internacional, intercambiando conocimientos con organizaciones de América Latina y otras regiones.

La estrategia 2026-2030 de la Alianza Cooperativa Internacional, denominada Practicar, Promover y Proteger, coloca precisamente el énfasis en vivir los valores cooperativos, ampliar su reconocimiento y preservar su identidad, autonomía y gobernanza.

Esta orientación ofrece una referencia para el movimiento dominicano: crecer sin desnaturalizarse, innovar sin perder su identidad y competir sin abandonar su compromiso con las personas.

Referencias documentales

  1. Alianza Cooperativa Internacional (ACI). Facts and Figures. Estadísticas mundiales sobre cooperativas, asociados, empleo y facturación.
  2. Alianza Cooperativa Internacional. Cooperative Identity, Values & Principles. Definición, valores y siete principios cooperativos.
  3. Naciones Unidas. 2025 International Year of Cooperatives: Cooperatives Build a Better World. Declaración de Naciones Unidas.
  4. Instituto de Desarrollo y Crédito Cooperativo (IDECOOP). Censo Nacional de Cooperativas 2025. Información institucional y censo.
  5. Federación Nacional de Cooperativas (FENCOOP). Datos de activos y asociados de sus cooperativas afiliadas, al 31 de diciembre de 2025. Estadísticas de FENCOOP.
  6. Alianza Cooperativa Internacional. Estrategia 2026-2030: Practicar, Promover y Proteger. Estrategia internacional.

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