Del tipo de personas de Jimmy Sierra, los países del mundo no suelen dar demasiados. Sierra es el ser humano respecto del cual no muchas formas de explicar su legado con justicia y exactitud.
Su partida, esta semana, nos deja un sentimiento de pérdida, de desesperanza por lo abrupto del hecho, pero de fe y alegría por los muchos años que nos permitió disfrutar de un temperamento optimista, trabajador y sus posiciones que vislumbraban la necesidad de crear lo que nadie había imaginado, de recrear la historia de las muchas formas en que lo hizo. Sus restos fueron cremados y descansaran en el Jardín Memorial
Era un ser enamorado de la vida, del arte, de las expresiones más hermosas de la existencia, precursor al punto de haber sido el introductor del teatro musical como género, con el montaje de Duarte Musical, pieza en la que Julio Sabala (mucho antes de irse a conquistar el mundo), era uno de sus solistas. Redactor del primer anteproyecto de la Ley Nacional de Cine, 25 años antes de que en el país se diera una pieza legal con este objetivo, gracias a su orientación al doctor Leonel Fernández, su alumno en la Academia La Trinitaria, de Villa Juana.
Escritor de ficción con unos vuelos imaginativos que aún hoy no son apreciados porque se le sigue viendo como “el activista cultural de izquierda”.
Jimmy Sierra tiene en este microcuento, una de las piezas de mayor belleza y de un mensaje reflexivo profundo:
 La historia del hombre que amó todas las cosas:
Primero se enamoró de la montaña, las praderas, los bosques, los largos ríos y lagos. El verdor y los árboles. Amó, más luego, el día, su claridad, temprana, su luz y la mañana. Y una tarde gris se acostó con el arcoíris y la luz del relámpago. En la noche invernal durmió con mil mujeres. Amó, también la paz, el sol, la lluvia suave, el tenue ruiseñor. Los niños, las palomas, los pétalos, la flor… Quiso al aire y al mar, la luna, los caminos, al sacristán y al cura. Siguió amando las cosas apasionadamente, sin discriminar, con el pecho inflado de amor universal.
Hasta que un día quiso amar una serpiente de cascabel y tendió sus brazos al hermoso reptil que, luego de ahogarlo, lo devoró sin prisa, sencillamente, con la calma de aquel que nunca conoció la palabra amor”.
 

Por Jose Rafael Sosa

Periodista, escritor dominicano y origamista