La pistola de Chéjov y la Resurrección de Mahler (Articulo invitado del Impresodigital.com)
El escritor ruso Antón Chéjov hablaba de un principio dramático conocido como la pistola de Chéjov: si en el primer acto de una obra aparece una pistola colgada en la pared, en algún momento tendrá que dispararse. De lo contrario, habremos generado una expectativa en la audiencia que nunca llegamos a satisfacer.

En la Segunda Sinfonía de Gustav Mahler, Resurrección, el coro es nuestra pistola de Chéjov.
Al iniciar la velada, más de cien integrantes del coro aguardaban solemnemente mientras la Orquesta Sinfónica Nacional, bajo la dirección del maestro José Antonio Molina, desarrollaba los movimientos de esta monumental obra. Allí permanecían, inmóviles, como una promesa que todavía no se había cumplido.
Quien no conociera la Resurrección podría haber estado a punto de exclamar: «¿Y cuándo vendrá? ¿Cuándo se disparará ese coro?».

Mahler nos obliga a esperar. Primero nos enfrenta a la muerte con una marcha fúnebre de una violencia extraordinaria. Después nos permite recordar la vida mediante una danza austríaca, ligera y nostálgica. Más adelante nos conduce por una visión casi absurda de la existencia, hasta llegar a Urlicht, esa luz primordial donde una voz humana se atreve a formular su esperanza.
Y entonces, en el quinto movimiento, después de más de una hora de música, la pistola se dispara.
Pero no lo hace con estruendo. El coro comienza casi en un susurro, como si la resurrección no necesitara anunciarse a gritos. Es uno de esos momentos extraordinarios en los que la música consigue que el silencio anterior adquiera un significado nuevo. Toda aquella espera, toda aquella solemnidad, toda aquella humanidad sentada frente a nosotros encuentra finalmente su razón de ser.
Mahler conoció la muerte desde muy temprano. Creció en una familia marcada por la pérdida de numerosos hermanos y, años después, sufrió también la muerte de sus padres y de su hermana Leopoldine. No resulta difícil comprender por qué la mortalidad ocupó un lugar tan importante en su pensamiento y en su música.
¿Qué sentido tiene la vida si inevitablemente termina? ¿Para qué amamos, construimos, sufrimos y recordamos?
La muerte es, en cierto sentido, una gran invención de la naturaleza, pues nos permite valorar la brevedad de nuestras vidas. La conciencia de que todo termina es también aquello que vuelve extraordinario cada instante.
Mahler no responde estas preguntas mediante un tratado filosófico. Las responde con una orquesta gigantesca, metales que parecen llamar desde otro mundo, voces solistas, campanas y un coro que se levanta musicalmente de entre los muertos. Su resurrección no es únicamente la promesa religiosa de una vida posterior, sino también una afirmación del valor de haber vivido.

Pero ¿qué hace que una interpretación de Mahler sea verdaderamente buena?
No basta con reunir una orquesta gigantesca, un coro numeroso y una colección de instrumentos capaces de estremecer el teatro. La grandeza de Mahler no está solamente en el volumen, sino en el contraste. En su capacidad de pasar de la violencia más desgarradora a una delicadeza casi imperceptible, sin perder el hilo de una misma idea.
Una buena interpretación comienza por comprender que los cinco movimientos no son cinco episodios independientes, sino las etapas de una misma pregunta. El director debe construir esa arquitectura musical, administrar las tensiones y, sobre todo, saber esperar.
En el primer movimiento, las cuerdas graves deben tener la violencia de una marcha fúnebre, pero conservar la claridad de cada frase. El segundo exige una ligereza casi imposible después de semejante tragedia: una danza que recuerda la felicidad sin convertirla en sentimentalismo. El tercero necesita precisión, ironía y un ritmo que parece girar interminablemente sobre sí mismo, hasta desembocar en un grito de desesperación.
En Urlicht, la voz humana debe surgir con naturalidad, sin competir con la orquesta. Es un momento de intimidad, casi de confesión. La música parece abandonar por un instante su ambición monumental para hablarnos directamente.
Y en el quinto movimiento aparece el desafío mayor: controlar la inmensidad.
Mahler coloca metales fuera del escenario, utiliza campanas, percusión y una orquesta ampliada para crear una profundidad sonora que trasciende los límites físicos de la sala. Una buena interpretación debe permitirnos distinguir esas distancias, sentir que algunos sonidos pertenecen a nuestro mundo y otros llegan desde un lugar desconocido.
Pero el verdadero examen está en la entrada del coro. Después de tanta espera, sería fácil caer en la tentación de buscar inmediatamente el espectáculo. Mahler hace exactamente lo contrario: comienza casi en silencio.
La afinación, el equilibrio entre las voces, la respiración colectiva y la capacidad de sostener una intensidad contenida son tan importantes como la explosión que llegará después.
El director tiene que reservar suficiente energía para el final. Si todo es grandioso desde el principio, nada termina siendo verdaderamente grandioso. Una interpretación excepcional es aquella en la que el último crescendo parece inevitable, como si toda la sinfonía hubiera sido escrita para conducirnos precisamente hasta ese instante.
Es allí donde el trabajo de José Antonio Molina adquiere su verdadera dimensión: no simplemente coordinar una enorme cantidad de músicos, sino convertirlos en una sola voluntad expresiva. Que las cuerdas, los metales, las voces y hasta los silencios participen de un mismo discurso.
La experiencia exigió toda la atención de la audiencia. Exigió paciencia, silencio y la solemnidad de quien espera un acontecimiento que sabe inevitable, pero cuyo momento desconoce. En una época acostumbrada a la satisfacción inmediata, escuchar a Mahler constituye también un ejercicio de disciplina: aceptar que algunas de las experiencias más conmovedoras necesitan tiempo para desarrollarse.

Y cuando finalmente alcanzamos aquel clímax, cuando las voces se unen a la orquesta y los coros parecen abrir las puertas del cielo, comprendemos que no habíamos estado esperando simplemente una intervención musical. Habíamos estado esperando una respuesta.
El último concierto de la Temporada Sinfónica Nacional cumplió todas mis expectativas. No solamente por la magnitud de la obra o por el esfuerzo colectivo de los músicos, solistas y coristas, sino porque consiguió algo que considero esencial en este ejercicio común que llamamos música clásica: convertir la atención compartida de cientos de personas en una experiencia que trasciende lo individual.
Durante casi noventa minutos, todos esperamos la misma resurrección.
Y cuando finalmente llegó, comprendimos por qué había valido la pena esperar.

