Rojo: Crítica de teatro

La pieza tiene sus últimas presentaciones este fin de semana en la Sala Ravelo. Además de su intención docente, está orientada a estimular el pensamiento crítico sobre la misión última del arte y es un auténtico concierto de dos actuaciones.

SANTO DOMINGO.— Ante el montaje de Rojo, el crítico o el espectador pueden preguntarse por qué no se llevan con mayor frecuencia a escena obras que aborden la estética y la responsabilidad social de los pintores dominicanos. La pregunta es pertinente, aunque su respuesta depende, en buena medida, de la existencia de dramaturgias de calidad sobre nuestros creadores locales.

Sin embargo, reducir la valoración de esta propuesta internacional a esa ausencia sería adoptar una perspectiva insuficiente. Lo verdaderamente importante es que la pieza logra convertir la vida y las contradicciones de un artista en una convocatoria al pensamiento crítico sobre el sentido de la creación artística. Rojo es un duelo entre el arte, el mercado y la conciencia del artista.

Sería un tremendo aporte teatral lograr una pieza sobre los azules y las circularidades de Bidó, los gallos de Guillo Pérez, las estructuras sugerentes, voluptuosas y neoimpresionistas del maestro José Cestero, sobre el trazo blanco y negro desgarrante de un dibujante como Aquiles Azar, el hiperrealismo de Ángel Haché o los ejercicios de Luz tropical de la maestra Ada Balcácer. La tarea queda planteada.

Dramaturgo estadounidense John Logan

Hay que celebrar la existencia de una obra como Rojo, del dramaturgo estadounidense John Logan, una pieza temáticamente diferenciadora por lo inusual de su asunto, singular por el manejo del color y la iluminación, y sobresaliente por la calidad de sus dos actuaciones, el desarrollo de su propuesta de producción y la plasticidad de su movimiento escénico.

La obra gira en torno al concepto estético del arte, su misión, su sentido utilitario, su responsabilidad como instrumento social y la posibilidad de aprovechar el teatro para suscitar una profunda reflexión sobre el papel de la creación artística.

Más allá de los aplausos finales para Orestes Amador, Shalym Ortiz-Goico, el director y su equipo, Rojo plantea el desafío del artista frente a las exigencias de la sociedad industrial, la lógica de la plusvalía y el mercado, y el papel del arte ante esas presiones. La pieza invita a preguntarse hasta qué punto la creación puede conservar su autonomía cuando entra en contacto con los intereses económicos y las demandas de quienes están dispuestos a pagar por ella.

De no ser por esta producción, mucha gente quizá no conocería la obra del pintor estadounidense Mark Rothko, nacido con el nombre de Marcus Rothkowitz el 25 de septiembre de 1903 en Dvinsk, entonces parte del Imperio ruso y hoy Daugavpils, Letonia. Procedía de una familia judía culta que buscaba mejores condiciones de vida y seguridad.

Ramón Santana, director de Rojo, al centro. Foto de Guillermo Molina Mueses

Como director, Ramón Santana combina el talento escénico con una vocación docente que procura comprometer al público con las ideas de la obra. Su propósito supera la simple asistencia al teatro como entretenimiento y propone, mediante la figura histórica de Rothko y su representación dramática, una discusión sobre la naturaleza del arte, sus contradicciones y sus responsabilidades.

La cuestión ética

La obra se desarrolla a partir del enfrentamiento entre dos artistas: el maestro, Mark Rothko, y su joven asistente, Ken, quien trabaja en su estudio. La relación convierte el taller de pintura en un campo de batalla intelectual y generacional.

Por su origen, su formación y su concepción de la pintura, Rothko desarrolló una actitud creativa que defendía como irrenunciable. Su estética aspiraba a producir una experiencia emocional profunda en el espectador, tanto en una galería como en cualquier otro espacio donde sus obras fueran contempladas.

Esa aspiración le generó una de las grandes paradojas de su trayectoria: ¿cómo preservar la integridad de una obra cuando esta se convierte en objeto de consumo para sectores económicamente poderosos? La relación con Ken contribuye decisivamente a desarrollar el tema, pues el joven asistente cuestiona la autoridad del maestro y pone en discusión sus convicciones.

La trama artística

El título Rojo alude al color emblemático de una parte de la pintura de Rothko y a la manera en que la selección cromática se convierte en un vehículo de comunicación y, al mismo tiempo, en una zona de combate entre el maestro y su discípulo.

Durante los últimos años de su vida, Rothko desarrolló una pintura cada vez más austera, en la que los rojos luminosos y los naranjas de etapas anteriores cedieron espacio, en determinadas composiciones, a los grises, negros y marrones. No obstante, su exploración cromática no se limitó a los tonos oscuros: continuó investigando otras posibilidades expresivas.

En 1968 sufrió un aneurisma aórtico que requirió hospitalización. Su salud se deterioró y, el 25 de febrero de 1970, murió por suicidio en su estudio de Nueva York, a los 66 años.

El conflicto con el mercado

En junio de 1958, Rothko aceptó un encargo para pintar murales destinados al restaurante Four Seasons, situado en el edificio Seagram de Park Avenue, Manhattan. El inmueble, diseñado por el equipo de Mies van der Rohe y Philip Johnson, representaba la modernidad arquitectónica y el poder económico de la ciudad. El restaurante estaba destinado a una clientela de alto poder adquisitivo.

Rothko asumió el proyecto con extraordinaria seriedad. Durante más de un año trabajó en una serie de pinturas monumentales, con tonos granates, rojos oscuros, marrones y negros. Produjo más de treinta obras relacionadas con el encargo, aunque el comedor solo disponía de espacio para siete.

Pero el proyecto terminó convirtiéndose en una contradicción personal y artística. Rothko comenzó a cuestionar la idea de que sus pinturas sirvieran como decoración para un espacio de lujo, donde la contemplación estética podía quedar subordinada al prestigio social y al consumo.

Finalmente, se retiró del encargo y no entregó las obras para el restaurante. El pintor sintió que, al efecto, los conmilitones millonarios no reparaban en el ambiente artístico que quiso establecer en sus paredes. No era un templo para el arte y se había transformado en zona de ingesta de platillos caros.

Este episodio constituye uno de los núcleos más reveladores de la tensión que atraviesa Rojo: el artista necesita que su obra sea reconocida, pero desconfía de los mecanismos económicos que pueden convertirla en un signo de distinción para quienes poseen los recursos para adquirirla.

La paradoja es profunda. El mercado puede proporcionar al artista visibilidad, recursos y reconocimiento; al mismo tiempo, puede apropiarse del significado de su trabajo y convertirlo en mercancía. Rothko aspiraba a que sus pinturas provocaran una experiencia emocional y espiritual, no a que fueran simples complementos de una mesa costosa.

La obra de Logan dramatiza ese conflicto sin ofrecer respuestas fáciles. El problema no consiste únicamente en decidir si el arte debe venderse, sino en determinar qué ocurre con la libertad creadora cuando el valor económico amenaza con imponerse sobre el valor estético.

Las actuaciones

Orestes Amador y Shalym Ortiz-Goico en la actuación de Rojo, en Sala Ravelo, que  se repone el próximo fin de semana. Foto de la producción.

La obra teatral Rojo, del dramaturgo estadounidense John Logan, adquiere toda su fuerza gracias al reto interpretativo asumido por Orestes Amador y Shalim Ortiz-Goico, quienes escenifican un formidable duelo escénico de alto nivel.

Amador, actor dominico-cubano, se luce al recrear la personalidad egocéntrica, exigente y contradictoria de Rothko. Ofrece uno de sus mejores trabajos de este año. De su trayectoria hemos visto buena parte de sus interpretaciones, aunque no asistimos a su montaje anterior, al cual no fuimos convocados.

En Rojo, pone todo su empeño en el manejo de la voz, sobre todo en sus tonalidades graves, el dominio del movimiento escénico y la construcción de los enfrentamientos con su joven asistente. Su interpretación imprime ritmo, tensión y sentido de urgencia a las discusiones, sin perder de vista la vulnerabilidad que se oculta tras la autoridad del maestro.

El personaje exige transitar entre la arrogancia, la autoridad intelectual, la inseguridad y el temor a perder la trascendencia. No basta con representar a un pintor temperamental: es necesario hacer creíble la convicción de un artista que teme que el mundo deje de comprender su obra y que las nuevas generaciones terminen desplazándolo.

Shalim Ortiz-Goico, por su parte, constituye un regalo escénico. Resulta grato verlo transitar desde la televisión y el cine hacia una de las pruebas más exigentes de la actuación: el trabajo en vivo frente al público, donde no es posible repetir una toma ni descartar una escena fallida.

Su interpretación de Ken, el joven asistente, se apoya en el temperamento juvenil y complejo de un personaje que comienza desde una posición subordinada y adquiere progresivamente voz propia. Ortiz-Goico demuestra que es un actor cuya evolución merece atención.

La transformación de Ken

Ken comienza como un asistente que admira a su maestro y termina enfrentándolo con argumentos propios. El arco dramático exige que el actor haga perceptible esa transformación sin precipitarla ni convertirla en un cambio artificial.

La credibilidad de la interpretación depende, en buena medida, de que el espectador perciba cómo se modifica la relación de poder entre ambos. El joven no se limita a desafiar a Rothko: desarrolla una visión propia del arte y de la responsabilidad que corresponde a cada generación.

En ese sentido, el personaje representa algo más que la juventud enfrentada a la autoridad. Ken encarna la posibilidad de que el arte se renueve mediante el cuestionamiento de sus propios referentes. Su desafío consiste en reconocer la importancia del maestro sin aceptar que su legado deba convertirse en una norma inamovible.

La confrontación adquiere así una dimensión universal: ninguna generación puede reclamar para siempre el derecho exclusivo de establecer qué es arte y cuáles son sus límites.

Foto de Guillermo Molina Mueses.

La escenografía de Fidel López

El taller constituye mucho más que un decorado: es el territorio psicológico en el que se manifiestan las contradicciones de Rothko y la emancipación intelectual de Ken.

Los lienzos, las pinturas, los recipientes y el gran cuadro rojo funcionan como elementos activos de la dramaturgia. No son simples accesorios, sino componentes de un espacio de trabajo que permite comprender el proceso creativo y la tensión que acompaña a la producción artística.

La escenografía de Fidel López responde al desafío de mantener la capacidad de sugerencia de un espacio esencialmente único durante toda la representación. El taller debe ser, al mismo tiempo, lugar de creación, aula, laboratorio y campo de confrontación.

La disposición de los elementos escénicos permite que el movimiento de los actores acompañe la intensidad de los diálogos. La pintura deja de ser una referencia distante para convertirse en una presencia material que condiciona las acciones y las discusiones.

Iluminación, música y trabajo visual

El diseño de iluminación de Ernesto López cumple una función narrativa: establece variaciones de atmósfera y acompaña los cambios emocionales de los personajes. El rojo, el negro y las transformaciones cromáticas adquieren valor simbólico, en correspondencia con las ideas que atraviesan la obra.

La musicalización de Tronix, inspirada en Las cuatro estaciones de Antonio Vivaldi, y el componente multimedia de Elvin Díaz amplían las posibilidades expresivas del taller.

El desafío de estos recursos consiste en reforzar la palabra y el trabajo actoral sin competir con ellos. En una pieza cuyo núcleo es la confrontación intelectual, la música, la iluminación y los componentes visuales deben contribuir a la atmósfera y a la experiencia estética, sin distraer al espectador del conflicto central.

Un maestro, un discípulo y dos concepciones del arte

La sinopsis dramática de Rojo puede resumirse en el duelo entre maestro y discípulo, pero la obra evita reducir esa relación a una oposición simplista entre un viejo conservador y un joven innovador.

Rothko tiene razones para desconfiar de la banalización comercial del arte y de su conversión en un objeto de prestigio. Ken, por su parte, tiene razones para cuestionar la pretensión de que una generación conserve indefinidamente la autoridad estética y determine los caminos que deben seguir quienes vienen detrás.

Ambos defienden concepciones distintas, pero legítimas, del compromiso artístico. El maestro teme que el mercado destruya la dimensión espiritual de la pintura; el discípulo advierte que el arte también puede perder vitalidad cuando sus representantes se niegan a reconocer los cambios de su tiempo.

Ese enfrentamiento es el motor de la pieza y su mayor contribución al debate cultural. Rojo no exige que el espectador elija un vencedor, sino que examine las contradicciones de ambos personajes y comprenda que la creación artística vive en permanente tensión entre la libertad, el reconocimiento, la tradición y la renovación.

La propuesta merece atención desde la crítica teatral porque coloca en el centro de la escena una pregunta que trasciende la biografía de un pintor: ¿qué ocurre con el arte cuando la creación se enfrenta al dinero, el mercado, las nuevas generaciones y el miedo a perder la trascendencia?

La obra fue estrenada en Londres en 2009 y llegó a Broadway en 2010, donde obtuvo seis premios Tony, incluidos los de mejor obra y mejor dirección de una obra teatral.

En definitiva, Rojo demuestra que el teatro puede ser entretenimiento, experiencia estética y ejercicio intelectual al mismo tiempo. La combinación de una dramaturgia sólida, una dirección comprometida y dos actuaciones de alto nivel convierte este montaje en una oportunidad para reflexionar sobre el lugar del artista en una sociedad que, mientras celebra sus creaciones, también intenta convertirlas en mercancías.

Ficha técnica

  • Título: Rojo (Red).
  • Autor: John Logan.
  • Género: Drama teatral; confrontación intelectual y generacional.
  • Dirección y producción general: Ramón Santana.
  • Coproducción: Madeleyn Velásquez.
  • Producción: Apoloniuss Producciones.
  • Elenco: Orestes Amador, en el papel de Mark Rothko, y Shalim Ortiz-Goico, como Ken.
  • Escenografía: Fidel López.
  • Iluminación: Ernesto López.
  • Dirección coreográfica: Rafael Morla.
  • Musicalización: Tronix.
  • Asistencia de dirección: Isen Ravelo.

PIES DE FOTO:

Mark Rothko es el gus pintor es el eje de esta obra teatral..Foto Derechos Reservados.

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