El romanticismo perdido del béisbol (Opinión invitada)
Por: Daniel Jiménez Donastorg (articulista invitado)
Hubo una época en la que el béisbol se sentía distinto. Más lento, sí, pero también más humano. Más de barrio. Más de instinto. Un juego donde el tiempo no lo marcaba un reloj, sino la respiración del lanzador, el silencio antes del swing y el murmullo de las gradas.
Los años 90 representaron ese punto mágico donde el béisbol todavía era un juego de sensaciones. No existía el pitch clock, ni el pitch com, ni esta necesidad de acelerar cada segundo. Todo tenía su pausa. Cada turno al bate era un duelo mental.

Cuando empecé a ver pelota en los 2000 bajitos, precisamente después que un tal Alex Rodriguez llegó a los New York Yankees en un cambio que enviaba a Alfonso Soriano a Texas, sin saberlo me monté en la última ola de ese béisbol romántico. Ese donde nombres como David Ortiz, Pedro Martínez, Bartolo Colón y Vladimir Guerrero no eran estadísticas: eran emociones.
Era un béisbol donde uno no hablaba de WAR, OPS+ o sabermetría. Uno decía: «ese tipo batea en los momentos grandes», «ese lanzador tiene corazón», «ese swing tiene magia». El juego se vivía desde la intuición, no desde una hoja de cálculo.
Hoy, en pleno 2026, siento que ese romanticismo caducó. El béisbol sigue siendo grande, pero también más medido, optimizado y calculado. Las estadísticas avanzadas han hecho el juego más eficiente, pero también un poco más frío.
No digo que esté mal. Es evolución. Pero en ese proceso siento que se perdió parte de la espontaneidad, del error humano y de la poesía del juego.
A veces pienso que, si no hubiese tenido parálisis cerebral, quizás mi vida habría estado ligada de alguna forma al béisbol profesional. Quién sabe.
Donde todavía percibo un poco de ese romanticismo es en la Liga Dominicana de Béisbol Profesional. Sé que los seis equipos también utilizan estadísticas y herramientas modernas, pero de este lado del Caribe todavía se siente un béisbol más cercano, más pasional y más de fanático.
En fin, cuánto daría por volver en una máquina del tiempo a los 90 y principios de los 2000, cuando el béisbol era otro.
¡just let’s the kids play!

