Claro que todos los seres humanos venimos al mundo para un día, probablemente el menos pensado, irnos.

No somos eternos y nos corresponde comprender, pero….

Nadie, nadie, está preparado para aceptar con indiferencia la muerte de un ser con el que se ha convivido por años, con el cual se han intercambiado infinidad de gestos y afectos.

Nidia Hernández, oriunda de Jarabacoa, el paraíso montañoso que sigue inspirando con su belleza a quienes la residen y la visitan, fue una ciudadana que no ganó elecciones, no triunfo en batallas militares, no hizo descubrimientos científicos, no escribió textos literarios o de cualquier otro tipo que ahora se pueden citar como su legado.

Lo que dejó como herencia fue una larga, muy larga relación de afectos y cuidados por su familia, una perspectiva que debía ser el modelo y que millares y millares de mujeres que no tienen en su prioridad la relevancia pública, ni los titulares, ni los comentarios en los círculos del arte popular o clásico.

Su legado fue el amor prodigado a su familia, la lealtad para con sus amistades….

¿Era necesario más para describirla como un modelo de ser humano bondadoso? No. Es suficiente.

La recordaremos quienes la tratamos, quienes recibimos de primera mano, el impacto de su don de gente, de su bondad, de su solidaridad y su aspiración de que, en la familia, la comunidad y el país, existiera coexistencia armoniosa.

Nidia Hernández se ha marchado de este mundo físico, material, constatable. Pero su recuerdo queda en cada uno de sus familiares. Propicia la oportunidad para dejar que una hermana suya, Angela Hernández, – escritora- le haya dedicado estas palabras:

“Nidia, hermana, ¿ya aquí vislumbrabas el otro cielo? Cuéntanos cómo aprendiste a transformar nostalgia en acción buena.

¿A qué paraíso has llevado tu amable sonrisa, el vestigio de un viejo dolor, tu pasión de heroína romántica, el ilimitado desvelo por tu familia?

¿Tu fe creó para ti la senda perfecta?

¿Paseas ahora por ese campo resplandeciente de margaritas amarillas, donde una vez se apaciguó la agonía del corazón, te abrasó el amor y experimentaste verdad como resurrección?

¿Has retornado a la madre y al padre? ¿Eres ya luz en la otra luz?

Por Jose Rafael Sosa

Periodista, escritor dominicano y origamista