Jeannette Miller

(Premio Nacional de Literatura, 2011)

La primera vez que le di clases a Arielina Oviedo, no le interesaba lo que yo decía. A cada rato miraba las celosías de una enorme ventana que dejaba pasar el aire y la luz al cuarto de mi casa que había preparado como salón de clases. Tenía pocos alumnos a quienes ayudaba con las tareas y en vacaciones de verano, y de paso les narraba lo que había visto y aprendido en los cinco años que había vivido en Europa. Ahora pienso que habría sido poco interesante para una chica de catorce años oír de catedrales y museos cuando estaba pensando en los muchachos de su colegio, por lo que después de tantos años he llegado a la conclusión de que nací vieja.

Arielina había ingresado en el Santa Teresita, después de hacer sus primeros estudios con don Babá Henríquez en el Instituto Escuela. Ambos planteles forjaron en ella un temperamento liberal y solidario que la destacó como líder de su grupo.

Pero en esa época su liderazgo incidía en planificación de fiestas y cumpleaños, hasta que por fin un día se interesó por los libros. Según contaba, su primera lectura fue un texto de Pedro Peix, a quien pondría en un pedestal el resto de su vida. De ahí fue saltando a otros autores nacionales y más tarde a escritores extranjeros.

Aunque vivíamos cerca no la volví a tratar de forma sostenida sino cuando entró al Secretariado en el Luis Muñoz Rivera y de nuevo fue mi alumna. Fue la mejor estudiante que tuve.

Además de inteligente era incisiva con las preguntas y desarrolló una capacidad organizativa que me impresionó.

En una ocasión le dije que se hiciera maestra pero no mostró mucho interés.

Realmente fue la educadora Josefina Pimentel, quien era su vecina y además su prima, quien la engachó en esa profesión de entrega, humildad y servicio que es la docencia.

Desde que se graduó de Secretaria Ejecutiva como la mejor de su promoción, entró a dar clases en el mismo Colegio y de inmediato se inscribió en la UASD para licenciarse en Didáctica con Mención en Letras.

Al verla estudiar y trabajar cargando su paquete de libros y papeles por corregir, recordé cuando yo hacía lo mismo y además colaboraba con El Caribe y escribía libros sobre arte cayendo dormida frente a la maquinilla casi al amanecer.

Fue una maestra muy particular y exitosa. Detallar su vida no procede en este espacio reducido; además, ya nadie lee los textos largos. Sólo quiero testimoniar que Arielina Oviedo fue una gran mujer. Trabajadora, cumplidora, creativa, solidaria, mandona…

Estimulaba a sus alumnos a superarse, daba estrecho seguimiento a las actividades que programaba, y nunca se cansó de investigar ni sembrar.

Sus grandes amores fueron Enmanuel, su hijo; José Ernesto, su hermano; y Café Macondo, un Club de Lectura que fundó hace dos años y que se ha perfilado como uno de los mejores del país.

Estoy segura de que hoy entró al nivel de paz que todos necesitamos, después de haber tenido la satisfacción de ser maestra, una profesión que garantiza que estamos dando a otros seres humanos lo que hemos recibido.

9 de marzo, 2021

Por Jose Rafael Sosa

Periodista, escritor dominicano y origamista