Considerar Coco tan solo por la tierna belleza de su historia, por la fuerza de venta o por la perfección de su diseño es una estrecha percepción que no deja sentir su grandeza y el precedente cultural que ha creado, y de la forma en que lo logra: aplicando los estándares del espectacular mundo que recrea a partir de un esencial ritual funerario todavía incomprendido. Su éxito no radica en los records de taquillas que sigue estableciendo, ni siquiera en la perfección imaginativa del mundo mortuorio que crea. Coco es una reivindicación cultural que universaliza la fiesta de los muertos a la que México ha dedicado tantos años.

Ver a Coco sólo como una impecable producción animada en la pantalla, es aplicar un esquema que reduce lo que representa esta obra, una capaz generar lo más improbable para una animada: impactar a sus espectadores hasta el paroxismo de las lágrimas, uno de los estados emotivos más difíciles de lograr con cine animado.

Como producto de la industria del cine, se muestra imparable: establece records de venta de boletas y como proyecto de arte audiovisual, supera en mucho obras del mismo género, pero limitarse a aplaudir estas condiciones equivaldría a reducir el verdadero valor de Coco.

Coco representa una de esas escasas oportunidades en las cuales la industria internacional del cine, se interesa y reproduce con respeto, la esencia de un ritual cultural latinoamericano, al cual se le dispensa el tratamiento visual y auditivo que le coloca en el justo e impecable plano de su imagen.

Trás de Coco  hay una historia de siete años desde su origen (2011) como empeño de la gran industria de fijar atención al nicho que representan los patrimonios culturales de los pueblos más al sur de la frontera norteamericana. Y justo cuando es más agresivo el discurso presidencial de extremos desde la Casa Blanca, sale a pantallas una producción Made In USA, que valida la vida y la muerte en México.

Coco. FOTO DE PIXAR DISNEY. DERECHOS RESERVADOS

Emotiva  y lograda a  los más altos niveles artísticos,  esta  leyenda y aventura,  universaliza la fiesta de los muertos de México, y supera la expectativa de una película animada de altos estándares, Coco tiene una significación no expresa en pantalla.

Su valor es implícito, subyacente tras el indescriptiblemente hermoso panorama creado por la alucinación que concibieron sus directores y guionistas, el mexicano Adrián Molina y el norteamericano Matthew Aldrich, ambos trabajando para Pixar/Disney.

Coco fue una idea del director y guionista mexicano Adrian Molina, en 2011 escrita en una escalerilla como una idea que pretendía centrarse la singular tradición mortuoria azteca, que tan anecdóticamente carnavalesca ha sido tratada en Spectre, (James Bond, 2015)  o el sentido anecdótico y de utilitarista telón de fondo en que se le presentó en The Arrival  (1966).

Los valores filmicos

Los recursos del cine animado tienen en Coco, el valor de una muestra de impecable calidad en cada una de sus expresiones: validez y fuerza de su historia, sonido y música, caracterizaciones y doblaje.

La película apela a una creatividad sentida y con criterio que produce un mundo de despliegue imaginativo en el cual se destaca la espectacularidad de sus escenarios.

El enorme telón de fondo es la música, tan inherente en el pueblo mexicano, en cuyas piezas se trasluce desde la ternura hasta la fuerza de la tradición familiar, Canciones escritas con sentimiento y interpretadas a apelando a la fuerza expresiva y vocal de sus talentos.

Una película animada que es experiencia por la que hay que pasar para recrearnos en la belleza de lo latino, en la fuerza del espirituoso ritual mexicano que revierte nuestro criterio fatalista de la muerte.

FICHA TECNICA

Sinopsis:

Miguel, un niño de doce años que sueña ser gran músico como su ídolo Ernesto de la Cruz, a pesar de que su familia tiene “prohibido” el contacto con la música. Con la voluntad de demostrar su talento, Miguel inicia un viaje que le llevará a la Tierra de los Muertos donde descubrirá la verdad que se esconde su historia familiar.

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José Rafael Sosa periodista dominicano, editor, gestor cultural y escritor de literatura de soporte existencial y emocional a la gente , origami y comunicación masiva. Soy editor de Turismo y Cultura del diario El Nacional. Móvil: 809 858 6870. Correo: joserafael.sosa@gmail.com