Crónica boricua a las Antologías de Poesía editadas por Angela Hernández

Carmen Centeno Aneses.

Catedrática Universidad de Puerto Rico

San Juan. PUERTO RICO-  De la Antilla en que viviera Eugenio María de Hostos por muchos años, República Dominicana, y a la que nos unen lazos históricos, culturales y demográficos, nos llegan dos tomos de poesía compilados por la destacada novelista, ensayista y poeta Ángela Hernández y financiados por la Fundación Refidomsa (Refinería Dominicana de Petróleo).

El primero de ellos, está dedicado a la poesía  amorosa y el segundo a la poesía social. Ambos tienen prólogos de reconocidos escritores: Jeanette Miller y Mateo Morrison respectivamente. También los libros incluyen las palabras de Hernández y sus criterios de selección. Los textos están divididos por los años o siglo de nacimiento de los autores: los primeros son los nacidos en el siglo XIX, los segundos del 1901 al 1940, los terceros del 1941 al 1970 y los últimos, que componen el grupo menor, de 1971 en adelante.

En el primer tomo, dedicado a la poesía amorosa, como señaláramos, la antóloga se propuso presentar una pluralidad de voces. Es mejor, para ella, que sobre el amor y sus interpretaciones hablen sujetos disímiles en el tiempo y en la estética. Recorre así el siglo XIX, el XX y el XXI, ofreciéndonos poemas de distintas épocas de la historia literaria dominicana marcados por los gustos estéticos correspondientes a su tiempo. Uno de los méritos de estas antologías es que ambas nos ofrecen datos bio-biográficos de sus autores y autoras y que la selección es amplia, por lo que se cumple así con develar la existencia de un gran número de escritores caribeños, donde residen gran parte de los países invisibles, como llama a los periféricos el novelista y ensayista puertorriqueño Eduardo Lalo.

Nos dice la escritora en sus palabras iniciales que “los acomodamientos, roces y distinciones entre “amor”, “erotismo” y “sexo”, así como la primacía a uno u otro, han dado pie a profusas interpretaciones y prácticas, que cambian en épocas, regiones y culturas”.

Entrevista a Ángela Hernández, escritora Dominicana Foto:Saturnino Vasquez/acento.com.do Fecha:02/2012
Entrevista a Ángela Hernández, escritora Dominicana
Foto:Saturnino Vasquez/acento.com.do
Fecha:02/2012

Era mejor por ello que los poemas mismos definieran el amor. ¿Qué es el amor?

¿Acaso existe una respuesta absoluta?

Tal vez la más cercana a su carácter heterogéneo y dual sea la de Lope de Vega citada en sus palabras: “Desmayarse, atreverse, estar furioso,/áspero, tierno, liberal, esquivo,/alentado, mortal, difunto, vivo,/leal, traidor, cobarde y animoso”. O, añadimos, las del magnífico sonetista Francisco de Quevedo: “Es hielo abrasador, es fuego helado/ es herida que duele y no se siente,/es un soñado bien, un mal presente,/es un breve descanso muy cansado”.

“Sexo, erotismo y amor son aspectos del mismo fenómeno, manifestaciones de lo que llamamos vida”, (15) alega Octavio Paz en su libro La llama doble.

Para el teólogo Leonardo Boff el erotismo es pulsión de vida, según señala en San Francisco de Asís, ternura y vigor, en lo que concuerda con el mexicano. Esta amplia y ambiciosa antología, que reúne las voces más destacadas de la lírica amorosa dominicana, nos presenta los tres elementos mencionados por Paz.

Hay en ella una exclusión tajante: la de Joaquín Balaguer. Concuerdo con Ángela Hernández, como inferencia,  en que el amor y la ética no deben de estar reñidos. El autor intelectual de muchas de las políticas represivas de Rafael Trujillo y de las que él mismo elaborara en el poder no puede estar al lado de quienes sembraran  solidaridad y amor.

Entre los poetas seleccionados pertenecientes al siglo XIX se encuentran Félix María del Monte, Federico Henríquez y Carvajal, Salomé Ureña, Fabio Fiallo, Livia Veloz, y Rafael Américo Henríquez, entre otros que hacen un total de veinte. De ese ícono patriótico y antillano que fue Salomé Ureña, colaboradora de Hostos y de causas libertarias, son estos versos tomados del poema “Amor y anhelo” que reflejan un delicado erotismo: “Ven y tu mano del pecho amante/calme amorosa las penas mil,/¡oh de mis ansias único objeto!/Ven, que a ti solo quiero en secreto/Contar mis sueños de amor febril”. (48)

En estos poetas late, sobre todo, la corriente romántica  con su “libertad imaginativa”, (22) como señala Jeanette Miller en el prólogo. La pasión ciega de los versos de Gastón Fernando Deligne nos ilustra este señalamiento:”¡Así es mejor! – Vivir en el deseo,/es una llama alimentar perpetua;/¡es vivir abrasados, cual vivían/los mártires, los místicos y ascetas!” (55) Denis de Rougement comenta en su libro El amor y Occidente, a la luz de la obra mística de Santa Teresa, que “los amantes ‘apasionados’ son sin duda místicos que no lo saben” (171)

 

Entre los poetas nacidos entre 1901 y 1940 mencionamos, no por jerarquías estéticas, sino por ser más conocidos en Puerto Rico, a Manuel del Cabral, Franklin Mieses Burgos, Pedro Mir, Aida Cartagena Portalatín, Manuel Rueda, y René del Risco Bermúdez.

Ya nos encontramos con versos más ampulosos, más alejados de los moldes tradicionales, de las ordenadas estrofas tan cultivadas en el siglo XIX, no tan atados a las rimas como sus predecesores, porque ya el modernismo y luego las vanguardias artísticas influyen en la poesía gestada en estos años y el verso libre se va abriendo espacio.

En la década del cuarenta surge la Poesía sorprendida que se gesta en el 1943 con ansias universales y como reacción al movimiento postumista de los años veinte, más centrado en lo regional. La pasión,  en ocasiones, prevalece en la ausencia del sujeto amado, como vemos en “Canción de la amada sin presencia” de Franklin Mieses Burgos, autor perteneciente al grupo:

Antes de que tu voz fuera color de trino

y tus ojos dos sombras salobres como algas;

cuando aún tu sonrisa no era un camino abierto

para encender al alba, sino una melodía

en un país remoto de la tarde;

entonces, -¿lo recuerdas? -,

todos éramos uno en la unidad de Dios

y mi aliento de vida era tu mismo aliento,

porque tú eras yo.

¡Oh indescifrable enigma de la rosa y el viento:

yo me amaba en ti misma!

Todavía el ocaso no era un pájaro muerto

colgado entre dos ramas,

ni se dolía la noche

en la angustia pequeña de los nardos.

ni el cielo era de trapo,

ni el mar una hoja verde sin sirenas. (90)

El periodo que la editora compacta entre los nacidos en los años  1941 a 1970 nos ofrece nuevos caminos poéticos.

En este apartado se incluye a escritores como Jeanette Miller, Mateo Morrison, Chiqui Vicioso, José Rafael Lantigua, Alexis Gómez Rosa, Ylonka Nacidit Perdomo, Basilio Beillard para completar un total de 39 escritores.

Es difícil elegir, debido al alto nivel de los poetas y a la variedad que presentan los mismos, casi todos versolibristas, un poema que sea representativo de otra cosa que no sea la alta calidad de la poesía amorosa dominicana.

Ya lo sexual se presenta de forma menos escondida como se aprecia en César Sánchez Vera quien versa así en el poema “Su boca era un rumor de gotas sobre el techo”:

Ella amaba la lluvia

Y ella era en sí misma

Una lluvia indecible de trigos y amapolas

Cual si fuera una huida de plenitud y asombro

Su boca era un rumor de gotas sobre el techo

Y su sexo un camino poblado de relámpagos (175)

En la parte final, correspondiente a los nacidos a partir del 1971, los autores se decantan por el verso libre.

Entre ellos se incluyen a Frank Báez, Néstor Rodríguez, Farah Hallal, y Ariadna Vázquez, entre otros.

De Báez son estos versos sobre el amor y la escritura: “todos los poemas de amor son irreales/los poemas de amor que el poeta escribe intencionalmente irreales/son los más reales de todo”.

El segundo tomo nos devela distintas temáticas y es que lo social reúne desde la historia de la nación, sus héroes, las corrientes de pensamiento, el pensamiento marginal, la reflexión filosófica, además de otros temas diversos como la escritura misma. Recordemos que en tiempos de crisis la poesía ha sido cultivada de forma testimonial y comprometida.

Así lo han hecho Pablo Neruda, Roque Dalton, Juan Antonio Corretjer, Ernesto Cardenal, Pedro Pietri, Nancy Morejón, Julia de Burgos, Gioconda Belli,  Rosario Castellanos, entre muchos que nos recuerdan los versos del español Gabriel Celaya: “maldigo la poesía concebida como un lujo/ cultural por los neutrales/que, lavándose las manos, se desentienden y evaden/maldigo la poesía de quien no toma partido/partido hasta mancharse”.

En los poemas escritos en el siglo XIX presentados en el tomo de poesía social puede verse el proceso de criollización o la afirmación de la diferencia con la metrópoli. También vemos el americanismo en boca de mujer.De Josefa Perdomo es el poema “A Bolívar” en el que elogia admirativamente su gesta libertadora. (34) Como ha visto Eric Hobsbawm en su enjundioso libro The Invention of Tradition, lo nacional construye sus íconos y sus héroes.

Salomé Ureña, a tono con su tiempo, le canta al progreso: “y, entre el aplauso inteligente al mundo/el gran Hosanna del Progreso cante” (42) Sorprendentes resultan el canto feminista “Nosotras” de Isabel Amechazurra de Pellerano y el poema “A los héroes sin nombre” de Federico Bermúdez en el que nos ofrece otra concepción de la historia.

La segunda parte, la de los nacidos entre el 1901 y 1940, se inicia con Manuel del Cabral y su poema “Trópico picapedrero” en el que presenta el dolor de los hombres negros, incluyendo al haitiano: “Contra la inocencia de las piedras blancas/los haitianos pican, bajo un sol de ron./Los negros que erizan de chispas las piedras/son noches que rompen pedazos de sol” (61).

Se  encuentra en esta sección el famoso poema de Pedro Mir, perteneciente a la generación de los independientes, “Hay un país en el mundo” en el que vemos su intenso amor por el lugar en que nació. Mediante el frecuente uso de la anáfora y el paralelismo el escritor recrea el dolor por la tierra y los personajes humildes: el albañil, el carpintero, los cargadores, el niño del guarapo en un país donde los campesinos no tienen tierra: “Plumón de nido nivel de luna/salud del oro guitarra abierta/final de viaje donde una isla/los campesinos no tienen tierra”. (78)

No podía faltar Aida Cartagena Portalatín, uno de los importantes miembros del grupo  de la Poesía sorprendida. En “Otoño negro” denuncia el odio hacia los negros de los blancos de Alabama: “Su luz de carne negra iluminando el Orbe. / No es hora de un grito jubiloso./Afligida la tierra, hasta la tierra llora…/!Hasta la muerte llora las cuatro niñas negras!”. (88)  Imposible dejar de incluir un poema  sobre las hermanas Mirabal, asesinadas por Trujillo, escrito por Carmen Natalia Martínez: “No hubo dulzura igual a su dulzura/Los ríos se crecieron para llorar por ellas,/Palomas con el pecho florecido en claveles,/Las Mirabal cayeron de cara a las estrellas”. (85)

“La canción del rayano” (94) de Manuel Rueda nos muestra en su lenguaje coloquial la agonía de estar dividido.

El autor alude al que vive en los bordes de la nación, entre Haití y República Dominicana y que, en este sentido, asume una nueva identidad. Hay otros autores de esta sección que hacen mención de la problemática racial, tema que se aborda en el ensayo dominicano contemporáneo.

Estos son Juan Sánchez Lamouth con su “Saludo al poeta Leopoldo Sedar Senghor” y Ramón Francisco con “Los negros reb (v)elados”. Resulta interesante que consigne al vudú, negado por muchos como parte de la idiosincrasia dominicana: “¡Tú tién que bailá Voudú!/¡Oui, Monsieur!/¡Tú tién que baila Voudú!” (109)

Varios de los autores nacidos del 1940 al 1971 demuestran un gusto por la poesía conversacional que no necesariamente se aparta siempre de ingeniosos tropos o de un lenguaje hermético. Jeanette Miller, Mateo Morrison, Alexis Gómez Rosa, Soledad Álvarez, Tomás Castro Burdiez, Ángela Hernández son algunos de los poetas aquí seleccionados y que completan un total de 28 poesías.

Esta sección me parece la más heterogénea de todas en cuanto a estética se refiere. Encontramos en ella tanto el febril canto de largos versos de Jacques Viau Renaud, en el que el Simidor (artista o cantante, de acuerdo con la editora) lanza su llamado al pueblo como una especie de profeta, al igual que los versos iracundos de Miguel Alfonseca en el poema “Coral sombrío para invasores: “Morirán sobre una tierra que no es suya,/entre unos hombres de distinta lengua, ojos diferentes/ y distinto corazón”. (131) Su alusión a los norteamericanos (“Morirán sin los abetos de Vermont”) permite recordar las invasiones de los Estados Unidos al país caribeño y la resistencia de los dominicanos a las mismas. Soledad Álvarez. Quien se desarrolla con el grupo de postguerra de 1965, cultiva la misma temática en su poema “Noción de abril (1965)” dedicado a la invasión estadounidense. (160).

Por otra parte, Ángela Hernández nos ofrece un novedoso poema por su uso del lenguaje, la heterogeneidad de los elementos enumerados y lo críptico de sus metáforas: “El árbol es silencio. Prueba./Grafiti de la oculta inteligencia./La memoria del hacha./Cópula de vientos./Otros mundos.” (165) Nos recuerda así que la poesía es también una negación del lenguaje y de la propia gramática.

La nueva poesía social gestada por los nacidos del 1971 en adelante es versolibrista, de acuerdo con la selección de la editora, y se centra en el ser humano común, en la decepción ante el mundo bélico que les ha precedido y la gentrificación que caracteriza al mundo globalizado.

Frank Báez proclama: “Y donde había una casa/levantarán un edificio, Y donde había un parque o un play/levantarán un supermercado, un proyecto/habitacional y una cadena de moteles”. (189) La sección termina con un poema feminista, “Anacaona”, de Camila Rivera González, que afirma de forma contestataria la nueva femineidad de la mujer, cimentándose a su vez en la figura indígena que resistió a los invasores españoles:

no soy sumisa

no soy católica, me enferman tus impedimentos de amor , blanco cruel

yo no fui la esclava que aceptó salir de tu costilla

eso lo hizo Eva, blanco cruel

yo soy hija del sol y de la luna

nací justo en el amanecer de un ruiseñor

nací para ser mujer, para ser mujer

ser mujer y como mujer gobernar Jaragua

como mujer amar

como mujer ser musa y poeta

como mujer ser luz (194)

Evoquemos las palabras de Jacques Derrida sobre qué cosa es la poesía: “El poema puede hacerse un ovillo pero es para volver otra vez sus signos agudos hacia afuera”.

La poesía dominicana que nos muestra Ángela Hernández demuestra una riqueza formal y temática, tanto la amorosa como la social, que amerita mayor divulgación, sobre todo, en el mismo Caribe hispánico donde penosamente nos dividen condiciones políticas. Pudiera haber ausencias en estas antologías, pero sus presencias reiteran la existencia de un vigoroso cultivo del género poético en República Dominicana.

Libros citados:

Antología de poesía amorosa. Selección y edición de Ángela Hernández Núñez. Tomo I. Colección Poesía Dominicana. Santo Domingo: Refidomsa PDV, 2015. Impreso

Antología de poesía social Selección y edición de Ángela Hernández Núñez. Tomo II. Colección Poesía Dominicana. Santo Domingo: Refidomsa PDV, 2015. Impreso

Derrida, Jacques. “Che cos’e la poesía?” Publicado en Poesía, 1, 11 de noviembre de 1988. http://redaprenderycambiar.com.ar/derrida/textos/poesia.htm

Gutiérrez, Franklin. Diccionario de la literatura dominicana. Biobibliográfico y terminológico. Santo Domingo: Ediciones de Cultura, 2010. Impreso Hobsbawn, Eric y Terence Ranger. The Invention of Tradition. Great Britain: University Press Cambridge, 1996. Impreso

Paz, Octavio. La llama doble. Amor y erotismo. Barcelona: Galaxia Gutemberg, 1997. Impreso

Rougement, Denis de. El amor y occidente. Barcelona: Kairós, 1986. Impreso

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José Rafael Sosa periodista dominicano, editor, gestor cultural y escritor de literatura de soporte existencial y emocional a la gente , origami y comunicación masiva. Soy editor de Turismo y Cultura del diario El Nacional. Móvil: 809 858 6870. Correo: joserafael.sosa@gmail.com